jueves, 5 de enero de 2012

AMAR A DIOS




Nos acercábamos a la mitad de la década de los 50. Para la mayoría de los “marochos”,  la vida de cada día transcurría con muchas más penas que glorias. El pueblo llano se afanaba por sacudir sus miserias labrando senaras en las tierras más áridas y empobrecidas de los grandes latifundios. Amparada por la dictadura, la clase pudiente de Encinasola saboreaba las prebendas que le había regalado la victoria militar del 39. Oportunista siempre, la Iglesia dejaba oír con fuerza la voz que más le interesaba pronunciar en aquellos momentos.

A los niños se nos inculcaba hasta la saciedad, que conocer el catecismo era una de las cosas importantes de la vida. Memorizar los Diez Mandamientos, era tan necesario o más que aprender las cuatro reglas o situar en aquel viejo mapa multicolor y polvoriento de la escuela, el curso de cada rio principal por las provincias españolas. No amaba a Dios quien no los cumplía a rajatabla, condenándose  a vivir en pecado mortal, con el consiguiente riesgo de no alcanzar la Gloria prometida, o caer para la eternidad sobre las llamas del Infierno, donde ya te esperaban no sé cuantos demonios con rostros terroríficos y armados hasta los dientes.
 Resultaba agobiante para un niño pensar, que por cometer cualquier pecado de los llamados graves, se podía encontrar ante Satanás incluso sin haber pasado por el atenuado Purgatorio. Visto desde hoy, aquel ambiente continuado de temor generalizado bien pudo haber traumatizado nuestras mentes infantiles. Los menores, hasta en sueños veíamos ese retrato imaginario que tantas veces se nos había recalcado: aquella gran caldera hirviendo puesta al fuego que ardía sin cesar.
Son bastantes las veces que me he preguntado a lo largo de todos estos años: ¿pero qué pecados podíamos cometer unos niños hambrientos y casi analfabetos la mayoría, cuando apenas empezábamos a vivir?... ¿Deshonrar a nuestros padres?... Afirmo sin dudar que, si algo nos sobraba a los chiquillos, era cariño y respeto hacia los mayores. ¿Robar?... ¿Robar qué?... ¿Quizá saltar a cualquier cercado para coger un “mochilo” de habas y poder comer ese día?... ¿Pensamientos impuros?... ¿Que habría que entenderse por pensamientos impuros?... ¿Tal vez el impulso natural de cualquier jovenzuelo de 14 o 15 años por tratar, si era posible, de contemplar los muslos de una mujer?... ¿Que un niño, cuando empezaba a dejar de serlo, se tocaba?... Como si se tratase de un  interrogatorio policial, cualquier muchacha, llena de sonrojo tenía que detallarle al cura ante el confesionario que, aunque ella no quería… su novio le había dado un “besillo de refilón”, o le había puesto la mano aquí o allá.
Otro de los pecados que desde mi ignorancia nunca pude llegar a entender era el siguiente: no se podía comer carne los viernes de cuaresma. Hasta ahí muy bien, si la Iglesia había impuesto tal norma, sus razones tendría. Pero resultaba chocante, que si podías pagar al cura dos pesetas si mal no recuerdo (en lenguaje del pueblo se decía pagar la bula), se levantaba tal prohibición y ya podías llevarte a la boca lo que se te apeteciera. (Aunque la verdad es que esta imposición, a los pobres no nos afectaba demasiado, pues lo que se dice comer carne en aquellos años, se daba más bien con poca frecuencia; excepto cuando nuestras madres sacrificaban el gallo por Navidad). A pesar de todo, creo que Dios debió estar bastante contento con nosotros, porque el examen sobre cumplimiento de los Mandamientos lo aprobábamos todos, incluso con nota.
Éstos y otros parecidos fueron nuestros pecados, de los que había que dar cuenta al sacerdote; hombre que además era todo un personaje, tanto dentro como fuera de su parroquia. Algunos niños echaban a correr hacía él para besar su mano. Pendiente de su aprobación definitiva quedaba cualquier decisión que las autoridades locales tuviesen que tomar; sobre todo en lo relativo a informes de conducta o similar. El cura enjuiciaba con criterio único el comportamiento ético de cualquier persona. Sus palabras, pronunciadas en uno u otro sentido, eran como sentencia irrevocable. Se le veía con frecuencia acompañado por el alcalde, el teniente de la Guardia Civil o cualquier otra persona relevante del pueblo (no recuerdo haberle visto nunca, pasear o charlar animadamente formando parte de un  grupo de “insignificantes” jornaleros).
Así fue transcurriendo nuestra niñez y adolescencia, inmersos hasta el cuello en aquel ambiente de ignorancia general, agravada por un sinfín de prohibiciones arbitrarias impuestas por la Iglesia. La misma Iglesia que se había olvidado de predicar la verdadera palabra de Dios dirigida a los pobres, a los que pasaban hambre, a los que sufrían, para alinearse en la órbita de los poderosos.
Más adelante y siendo ya un mozalbete, supe de bastantes historias escuchadas a personas mayores sobre sucesos ocurridos durante la guerra y años de miseria extrema que siguieron. Relatos del género más negro y vergonzoso contaban, que algunos “honorables” vecinos estuvieron muy cerca de los grupos, más o menos organizados, que formaron los piquetes de ejecución durante los fusilamientos habidos en el pueblo. Otros hicieron vaciar las alforjas a más de un desgraciado para recuperar las cuatro bellotas que éstos habían tenido la osadía de coger en alguna de sus fincas. Tampoco faltó quien, valiéndose de su poderío económico y falta de dignidad, ejerció sin escrúpulo y en grado máximo, lo que hoy se conoce como “acoso sexual”. Algo parecido al famoso dicho popular: “aquí te pillo, aquí te…”, cuyas víctimas no eran otras que mujeres e hijas de pastores, porqueros u otros empleados en sus propiedades.
¿Confesar?... ¿Habrían confesado alguna vez sus pecados los autores de tales atropellos a los que cada domingo se les veía asistir a misa?... ¿Qué entenderían éstos por cumplir los Mandamientos?... ¿Cuál sería el concepto de cada uno de ellos sobre “Amar a  Dios”?...
Son bastantes los hechos con nombre y apellidos que se quedan sin mencionar, por si alguien pudiera pensar que con este relato se trata --lejos de la realidad-- de resucitar aquel  triste y viejo fantasma de las dos Españas. Aunque no es mi intención seguir machacando sobre un tema tan arcaico como intrascendente ya, tampoco puedo dejar de decir, siempre desde una opinión muy particular, que la Iglesia que conocí en aquellos años tan difíciles, no estuvo a la altura de las circunstancias del momento.
También es justo señalar, que fue quizá durante los últimos años de la década o primeros de la siguiente, cuando se empezó a percibir un leve cambio. Algo así como un acercamiento positivo entre Iglesia y juventud. No podría asegurar si esta nueva situación fue propiciada por la propia institución o por la mentalidad mucho más abierta del nuevo cura que por aquellas fechas se había hecho cargo de la parroquia.
Acababa de cumplir 21 años. Fue durante mi periodo de academia cuando tuve la ocasión de asistir a unas charlas que impartía un sacerdote en el mismo centro. Era un hombre joven, dinámico y con asombrosa facilidad de expresión. Escucharle hablar abiertamente y sin tapujos sobre la religión, parecía otro mundo distinto al que habíamos conocido de pequeños. De su boca escuché decir por primera vez, que aquello de la “bendita Gloria o el fatídico Infierno” era algo mitológico que ya no se podía mantener por más tiempo. Con cada una de sus palabras, aquel religioso, tan sacerdote como el que más, sembraba la verdadera palabra de Dios, pero abonada con humildad.
Han tenido que pasar muchos años. Harto hasta la saciedad de trotar cada día  por un mundo de mentiras, donde a su anchas campea la falsedad y el egoísmo, llega el momento que ya no te dejas influenciar por cualquier “iluminado” de turno que trata, levantando su estandarte particular, de hacer creer que está en posesión de la verdad. Es la vida quien te enseña, entre otras cosas, lo que realmente para mí es “Amar a Dios”.
Quiere a Dios la persona que, calladamente y de forma anónima, deja atrás una familia acomodada para trasladarse a varios miles de kilómetros de su casa, donde quema su juventud y expone a veces la vida. Su único afán: luchar contra la adversidad y la injusticia, intentando llevar el progreso a una selva de cualquier parte del mundo plagada de mosquitos y víboras.
Más de una vez y por motivos profesionales, he tenido la ocasión de visitar el comedor social situado cerca de la Plaza del Pumarejo en Sevilla. Desde el primer momento que entras, en cada rincón del local notas la presencia de Dios. Imaginas a Dios en las sonrisas limpias de las monjas que lo dirigen. Mujeres ejemplares diría, que sin pedir nada a cambio, tratan de dar de comer cada día a infinidad de desamparados. Indigentes sin techo, sin arraigo ni vínculo familiar, a los que curan sus heridas, lavan sus mugrientas ropas y les facilitan, dentro de sus posibilidades, medios para el aseo personal.
Está con Dios la persona que al acostarse cada noche hace balance de sus actos y duerme tranquila cuando su conciencia le dice que no ha hecho mal a nadie. O aquella otra que, porque sale de su alma, sin estandartes ni trompetas, dedica su vida a cuidar enfermos infecciosos o terminales tratando de llevarles sus últimos rayos de esperanza.
Poco o nada puede querer a Dios aquel que va por la vida dándose “golpes de pecho” entre rezos, misas y pandereta. El mismo que cuando llega a su casa, es posible que cambie la tele de canal cuando ve aparecer en la pantalla a esos cientos, miles de niños de piel oscura desnudos y esqueléticos. Niños a los que un mundo hipócrita y cargado de opulencia, les está condenando a muerte por hambre en el llamado Cuerno de África.
Dice la religión que todos los Mandamientos se resumen en dos: “Amar a Dios sobre todas las cosas” y “Amar al prójimo como a uno mismo”. Todavía hubiera sido posible reducir la expresión dejando sólo el segundo por entenderse, que quien ama al prójimo, ama a Dios; aunque no se deje ver mucho por la Iglesia.             
                                                                                                                                                                      J.M. Santos



“marochos” es el gentilicio de Encinasola, pueblo de la provincia de Huelva







7 comentarios:

  1. Asi se escribe amigo Santos. Asi fue la realidad en esa epoca. El papel de la religion nefasto, se arriman al sol que mas calienta.

    Uno de tu epoca.

    ResponderEliminar
  2. Cuanta verdad y cuanta sensibilidad hay en tus palabras amigo mio. Cierto que para amar a Dios no hacen falta oir tantas misas. Solo amar y respetar a los demas y que la envidia no inunde tu corazon. Y tu, Jose Mª,se que amas a Dios.

    ResponderEliminar
  3. Con tu estupendo relato me has transportado a mi niñez y me has hecho recordar lo vivido en la iglesia en aquellos tiempos.
    Hoy día no es igual, pues sus aguas se están secando.
    jesucristo nos enseñó a amar a su padre y para ello nos dejó la ragla Áurea;" HAZ a otros lo que quieras que te hagan a ti." El habló en positivo. quien cumple esta regla seguro que ama a Dios.

    FELICIDADES José María, para mi eres un gran escritor.

    ResponderEliminar
  4. Que precios relato.José Mª,me has hecho viajar a mi niñez,y me he visto reflejada en todo momento,
    gracias por estos momentos vividos.

    ResponderEliminar
  5. Amigo José Maria. Me gusta todo lo que escribes, todo. Pero este relato me ha llenado de recuerdos, pese a tener pocos años en esa década, ya que fue la de mi nacimiento, año 51.
    Recuerdo esas confesiones del...Ave Maria Purísima, hace una semana que no me confieso, me arrepiento de haber cometido "actos impuros". El saber diferencial los pecados veniales de los mortales era primordial, mas de una noche la pase en vela, pensando que si moría sin confesar, iría de cabeza al infierno, por haber tenido un mal pensamiento de los llamados impuros. Un abrazo amigo y enhorabuena.

    ResponderEliminar
  6. AMAR A DIOS.
    J.M. He recordado lo que tu pluma nos cuenta, con la misma naturalidad y sutileza de la que eres poseedor y apreciando el carácter sencillo de tu forma de ser. todo lo que nos dices en este relato de AMAR A DIOS, lo hemos vivido, sufrido e incomprendido, con el pasar de los años, hemos llegado a la conclusión de que tienes que pensar, y vivir la vida, sin esa rémora que nos hacia no poder ser libres,he recordado también nuestros juegos, en el Calvario donde el calvario se manifestaba en las personas que sufrian la represión y he recordado también el color de la alfonbra que en la primavera, y al crecer la hierva iva con sus hilos enraizando entre un telar formados por el empedrado, . Saludos. J.D.

    ResponderEliminar


  7. Maria Bermejo Fíjate , mis monjas eran más modernas nos explicaron que el infierno era la ausencia de Dios ,yo pienso que El nos acoge a todos. Tienes razon en tanto... Creo que la Jerarquía se alió con el poder quizás porque después de aquellos años de persecución se sentía más segura , fueron tantos errores ,hasta que llegaron curas jóvenes con otras ideas.te contare más cosas de palabra . Sigue escribiendo.
    22 de mayo de 2014 a las 18:52 · Me gusta

    José M. Santos López Gracias una vez más por leer y comentar mi relato.Sobre el tema habría mucho que debatir. Lo haremos de palabra si llega la ocasión y tu lo deseas. Cordial saludo.
    22 de mayo de 2014 a las 19:09 · Me gusta

    Andres Miranda Garcia Estuve hasta los 8 años en un colegio de monjas y después, hasta los 17 en un colegio de curas asi que quedé "saturado de santidad". Saludos.
    23 de mayo de 2014 a las 10:24 · Me gusta

    Maria Bermejo Estuve interna en un colegio de monjas, además de estudiar , lo pase muy bien volvería a repetirlos.Cuando habló de estos fallos de la Jerarquía , los hablo desde dentro , crítico sus errores , con pena de sus fallos ,consciente de que seguirá cometién...Ver más
    23 de mayo de 2014 a las 19:14 · Me gusta

    Josefina Borrallo NO TENGO PALABRAS PARA EXPRESARTE MI ADMIRACÓN!
    20 horas · Me gusta

    Pilar Delgado Cuanta verdad, tanta, que algunos todavía estamos condicionados por esa doctrina. Admirable tu relato.
    15 horas · Me gusta
    José M. Santos López
    Escribe un comentario...

    ResponderEliminar