miércoles, 24 de mayo de 2017

Puente de los Cabriles




Recio, altivo y cargado de señorío. Orgullo de Encinasola. Testigo mudo de la historia de un pueblo sobre lobos, grandes riadas y contrabandistas. Relatos ya casi olvidados sobre tantos hombres que dejaron su esfuerzo y sudor cuando, de madrugada,  bajaban desde Buenavista cruzando con sus bestias cargadas con el “acarreto” desde las eras de La Contienda.
La belleza del entorno se refleja en el agua limpia del Rio Múrtiga que pasa bajo tus ojos. ¡Acércate curioso caminante y escucha desde el puente!... Si escuchas en silencio oirás como el murmullo suave de la corriente parece estar diciendo que nada ni nadie le detendrá. Quiere escapar, crear vida, jugar con el sauce y la adelfa en primavera; buscando siempre ese don tan preciado al que llamamos libertad.

                                                                                                                            J.M. Santos
       


       

viernes, 10 de febrero de 2017

La otra cara de la vida (relato policial)

                           
               

Cuando aparezca publicado este relato, es posible que en bastantes hogares se empiece a disfrutar de ese entrañable ambiente navideño tan arraigado en nuestras costumbres. Aunque las familias sigamos soportando las consecuencias de esta devastadora e interminable crisis que nos acosa, es seguro que muchas madres intentarán hacer un esfuerzo más para que al menos, en días tan señalados, entre por sus puertas ese rayo de ilusión que hará feliz a los suyos. Estos momentos no los valoramos hasta que la vida nos enseña su cara fea. Esa que anda por ahí disfrazada y que nadie quiere conocer. La que entrega su tarjeta de visita cuando menos lo esperamos.
 He creído oportuno relatar estos hechos, tan reales como el sol que nos alumbra, ocurridos en la tarde de un día 24 de Diciembre. Mientras que villancicos y panderetas se escuchaban por las calles de una ciudad bulliciosa y engalanada de alegría, apareció de pronto “la otra cara”; esa que refleja sin tapujos ni falsas apariencias, la cruda tragedia humana.

Han transcurrido bastantes años. Por aquellas fechas prestaba servicios en el popular O91 que, como ya se dijo en mi primer relato policial, al estar en contacto directo con el pueblo llano, es donde más se aprende de la vida.
 Empezábamos nuestro turno de servicio recorriendo el sector asignado sin ninguna incidencia de importancia. De pronto, la Central Operativa transmite escueto comunicado de radio en el que se nos ordenaba acudir a un domicilio concreto en una calle de nuestra demarcación. Según llamada anónima, pudiera estar ocurriendo algo anormal al haberse escuchado gritos.
Tardamos muy poco en llegar. Era escasa la circulación y el lugar indicado quedaba más bien próximo. Aunque encontramos la puerta del bloque abierta, nadie aparecía como requirente del servicio, por lo que decidimos subir a la segunda planta y tocar directamente en el  piso. A los pocos segundos apareció tras la puerta una señora de unos 50 años (parecía que esperaba nuestra llegada). Era una mujer de buena presencia en general y de forma correcta, nos dijo que pasáramos al interior. Al ser preguntada sobre lo que ocurría en su domicilio, muy tranquila, sin inmutarse y con tremenda frialdad respondió: “acabo de matar a mi marido. Ahí está en esa habitación”.
Tanto mi compañero como yo, llenos de asombro no dábamos crédito a las palabras escuchadas, llegando a pensar que quizá nos encontrábamos ante una persona desequilibrada. Continuamos hasta el punto indicado y al mirar al interior, el cuadro que aparecía era horripilante. Atravesado sobre una cama se encontraba un hombre completamente desnudo, ensangrentado y con la cabeza destrozada. (No parece necesario resaltar otros detalles de la escena, que bien pudieran no ser del agrado de cualquier persona). A su lado, un martillo de tamaño normal.
Al acercarnos se pudo comprobar de forma evidente que aquel cuerpo ya no tenía vida, por lo que no fue necesario solicitar la presencia urgente de los servicios médicos. Tras dar cuenta de los hechos a nuestra Central, mientras esperábamos a los funcionarios del Grupo de Homicidio que deberían hacerse cargo de gestiones posteriores, estuvimos conversando bastantes minutos con la presunta parricida. De forma ordenada, hablaba y hablaba sin interrupción; como si tratara de quitarse un gran peso de encima. Contó, que aunque su marido tenía estudios universitarios y un puesto de trabajo relevante en una empresa muy conocida –se omite--, su relación de matrimonio estaba tan degradada, que ya no sentía interés por nada. No era necesario ser un experto para deducir por sus palabras, que el origen de su comportamiento pudiera estar en las continuadas, locas y extravagantes fantasías sexuales de su esposo. Para mayor sorpresa vimos como, de forma inesperada y venciendo su pudor, la mujer desabrochó los botones de su camisa dejando al descubierto unos pechos en los que se apreciaban algunas pequeñas quemaduras. Según ella, se las había producido su compañero con un cigarro. Al parecer, este comportamiento había sido el detonante de su acción: “Ya no pude aguantar más, dijo. Cogí el martillo y, ciega de rabia, le golpeé repetidas veces en la cabeza hasta causarle la muerte”.
¿Podrían haber existido otras causas...? Es posible, pero del total esclarecimiento de lo sucedido, ya se harían cargo los compañeros que llegaron poco después. Por nuestra parte, al no haber ninguna otra gestión a realizar como servicio de urgencia, le hicimos saber a la Sala que nos marchábamos del lugar.

Bastante afectados, estuvimos algo más de una hora patrullando la zona hasta que decidimos hacer un alto en un bar conocido. El descanso fue más bien breve porque, mientras tomábamos café comentando lo ocurrido, un nuevo comunicado ordenaba muestro desplazamiento urgente a la Barriada de Torreblanca; concretamente a la calle Granados, zona marginal que se conoce como “las casitas bajas” donde al parecer se había producido un incendio.
El coche policial acudió al lugar tan pronto como fue posible, encontrando al llegar gran humareda que salía por la puerta y ventanas de una muy pequeña casa de dos plantas. La situación, en principio parecía alarmante, dando la impresión de que desde el interior podían aparecer llamaradas en cualquier momento. Frente a la vivienda, numerosos curiosos se disputaban un sitio preferente como espectadores de primera fila (lo normal en estos casos).
Por información de algún vecino pudimos saber que no se trataba de un incendio como tal, sino que el único inquilino de la casa, había encendido una hoguera en mitad del reducido salón. Al acercarnos a la puerta para comprobar "in situ" lo que ocurría, a través del humo se vislumbraba la silueta de un hombre junto al fuego. Éste, tan pronto se percató de la presencia policial, echó a correr hacia el interior, desapareciendo de inmediato. Momentos después vimos como el individuo, empuñando un hacha de tamaño regular, se había encaramado en lo más alto del tejado. Todo había ocurrido en un abrir y cerrar de ojos y sin tiempo de reacción por parte nuestra. Mientras tanto, cada minuto acudía más público al lugar; ya era  multitud que, expectante, esperaba ver el desenlace de cuanto acontecía.
Alguien nos hizo saber que el protagonista de los hechos se llamaba Bernabé, hombre que muy bien pudiera encontrarse “tocadillo de coco”. A pesar de los numerosos requerimientos que se le hacían para que desistiera de su actitud, todos resultaban inútiles. Lejos de obedecer tomó asiento sobre las tejas, sin la más mínima intención de bajar, pensando quizá que allí se encontraba seguro.
Era necesario resolver de alguna forma. Decidimos que uno de nosotros debería quedarse protegiendo el coche policial, en vista de los muchos “personajillos” sobradamente conocidos que merodeaban por el lugar (más de una vez en situación y lugar similar, el vehículo había resultado con los cristales partidos u otros daños).  Acordamos que, por ser de mayor edad, mi compañero permanecería cerca del patrullero, pero muy pendiente de intervenir si hubiese sido necesario.
 Sin pensarlo dos veces, siguiendo los pasos de nuestro protagonista, a través de una pequeña azotea fue fácil acceder al tejado. Momentos después estábamos sentados a escasos metros uno del otro; aunque sin quitar el ojo de la herramienta que el individuo aún mantenía en sus manos.
El ambiente en la calle, más que la observación de una actuación policial, empezaba a parecer un circo. Entre el numeroso público, unos reían, aplaudían otros y tampoco faltaban algunos silbidos. Todo un espectáculo. Varios minutos de conversación sin trascendencia fueron suficientes para que nuestro hombre fuese perdiendo temor y ganando confianza. Llegó incluso a acercarse lo suficiente para coger el cigarro que le ofrecía. Amigablemente, como si nos conociésemos de toda la vida, fumamos juntos mientras le convencía para que entregase el hacha. Hay que señalar también, que en ningún momento mostró agresividad.
Poco después nos encontrábamos los tres en el saloncito junto a la hoguera que, aunque más apaciguada, todavía se mantenía encendida. Mientras charlábamos con Bernabé, pudimos apreciar por sus palabras, que posiblemente padeciera algún tipo de trastorno mental. A pesar de ello mantenía una conversación normalizada, dando la impresión de ser una persona amable y educada. Su edad podría estar cercana a los 40 años, siendo su aspecto general algo desaliñado.
 Sin recelo, hablaba sin parar de cómo había transcurrido su vida -- no debió de ser un camino de rosas-- mientras vivió en la casa con su madre y otro hermano. Éstos, según él, en esa fecha se encontraban internos en un centro  psiquiátrico.
Al ser preguntado sobre el origen de la hoguera contestó con la mayor naturalidad del mundo, que su intención no era otra sino preparar una comida distinta por ser Noche Buena. Aquel hombre, con sus ojos humedecidos, recordaba con ternura como su madre preparaba la cena familiar en día tan importante cuando él era niño. Quizá, impulsado por ese recuerdo -- que en el momento de los hechos rondaría por su mente--, con el hacha había destrozado los pocos muebles que le quedaban, prendiéndoles fuego. Sobre las brasas pensaba asar unas patatas que alguien le había regalado; que por cierto, era el contenido de una bolsa que se encontraba próxima a la hoguera.
Hay que decir como  punto menos dramático de este relato,  que mientras se llevaban a cabo los trámites burocráticos para que la ambulancia le trasladase a un centro apropiado, nuestro hombre se empeñaba una y otra vez en enseñarnos el resto de su casa. Aunque no quedaba ni un solo mueble, llamaba la atención que el suelo de una pequeña habitación de la planta superior, estaba cubierto en su totalidad por gran cantidad de trocitos muy pequeños de goma-espuma arrancados posiblemente a tirones de una pieza mayor. Cuando se le preguntó por su significado, respondió: “Pues  sencillo de entender señor agente. Éste es mi dormitorio y cuando llego “colocao”,  subo como puedo hasta aquí y me dejo caer. Para cualquier lado que me eche quedo acostado”.

Todavía quedaba tiempo suficiente para continuar el servicio hasta que llegó la hora del relevo. Al despedirme con un abrazo de mi compañero, ninguno de los dos pudimos evitar que un reflejo de emoción apareciera por nuestros ojos. Había sido un turno de lo más completo. Una vez en casa y mientras cenábamos en familia, en ningún momento pude sacudir de la mente el recuerdo de tan tristes momentos.

jueves, 26 de enero de 2017

Mujer, ayer y hoy

Dedicado a la mujer. Como protagonista indiscutible de la vida en los pueblos . Sin duda, fue la gran heroína en aquellos tiempos de penuria  (años 40 y 50)      

Era tanta la necesidad, que desde muy corta edad los hijos de cualquier familia pobre se veían obligados a salir a la calle cada día para “buscarse las habichuelas”. Tampoco las niñas eran ajenas a esta situación y hacían cualquier trabajo, desde las faenas domésticas, hasta ser la recadera de una casa pudiente sin recibir retribución alguna; a veces, sólo por la comida.
Poco después se incorporaban a las duras faenas del campo. Las más frecuentes eran: limpiar de “hierbajos” la sementera --se conocía como arrancar yerbas-- y apañar aceitunas o bellotas. Si al finalizar la jornada les quedaba algún tiempo libre, lo aprovechaban aprendiendo a coser, hacer encaje de bolillos o cualquier labor de costura. No era fácil encontrar una muchacha joven que no supiese bordar. Cada cual se afanaba por ir preparando sus “trapillos” –ajuar--.
Así pasaban los años hasta que llegaba la fecha de la boda. Cualquier mujer, ese día consideraba alcanzada  la meta de su vida, pues había conseguido su mayor ilusión.
Pero en algunos casos, con su nueva situación empezaba para algunas lo que podría llamarse su calvario. No le quedaba otra salida que acompañar a su marido y formar su nuevo hogar en cualquier casucha o chozo, de los muchos que se encontraban repartidos por los montes de nuestro entorno. Casi siempre cuidando ganado.
 Bajo la luz de un mugriento candil de aceite, a veces sin ayuda de nadie, empezaban a nacer los hijos. Uno, otro, tercero, cuarto... y algunos más pues, a diferencia de estos tiempos, tener muchos zagales era lo normal. Mientras el padre se dedicaba a labrar la tierra, aprovechando al mismo tiempo cualquier jornal que le saliera, la madre multiplicaba sus esfuerzos: amasaba la harina --cuando la había--, que después cocía con leña en su horno casero, o remendaba los cuatro trapillos que antes había lavado en el arroyo cercano. Al mismo tiempo cuidaba de los niños y atendía  las cabezas de ganado que pudieran tener -algún cerdo o un par de cabras para conseguir leche-. Lo más importante para ella era “trapichear” de mil formas hasta conseguir que en su cazuela no faltasen al menos, unos garbanzos cocidos con un trozo de tocino. Esta comida se repetía una y otra vez; principalmente para cenar, pues era por la noche cuando se reunía toda la familia después de regresar cada uno de sus ocupaciones.
Pero quizá, la situación más lamentable que tuvo que sufrir la mujer fue el menosprecio que recibía, incluso dentro de su mismo entorno. Su voz se perdía sin ser escuchada por nadie. Su trabajo, agotador, resultaba siempre el menos considerado. Para colmo, en algunos casos era maltratada tanto física como psíquicamente por el marido tantas veces como a éste le venía en gana. Esta situación no sólo se veía normal, sino en ocasiones, hasta resultaba entendida y tolerada por la misma sociedad. Se podrían escribir mil páginas relatando las humillaciones que tuvo que soportar, quedando corta la expresión anterior al definir como “heroína” a la mujer de aquellos tiempos.
Así se fueron acercando los años 60 y con ellos, la corriente migratoria en las zonas rurales de la mayoría de las provincias españolas, siendo Andalucía una de las más afectadas. Desde los pueblos de la Sierra de Huelva, numerosas jóvenes fueron abandonando la tierra dónde habían nacido. Sus  destinos, las grandes ciudades para trabajar en muchos casos como sirvientas.
Pero fue también por esa fecha cuando, aquí y allá, empezaron a encenderse algunas luces. Parpadeantes en su comienzo, seria la señal que anunciaba el nacimiento de las primeras asociaciones formadas por personas valientes y comprometidas. Aunque con diferentes siglas e  incomprendidos en principio, el fin  de todos estos grupos no era otro que el inicio de la lucha por los derechos de la mujer.
Han tenido que pasar muchos años. Con gran esfuerzo y por méritos propios, la mujer de hoy ha conseguido poner el listón en lo más alto. Si, llegado el momento no aparece ese “príncipe” tan nombrado, o ella no considera oportuno vincular su vida a la de ninguna persona, está lo suficientemente preparada para salir al mundo y luchar. Sobrada de inteligencia para desenvolverse en cualquier ambiente, ha sabido situarse en el mismo plano que el hombre, incluso superarle en algunos casos. Sí hay algo que debería tener presente: es, que en cualquier puesto de trabajo que ocupe, nunca ponga en entredicho algo tan exquisito como es su feminidad.
Distinta en lo más profundo de su organismo, tiene encomendada la misión más importante del mundo: la maternidad. A menos que fuese por motivos muy personales, ninguna debería renunciar a esta función por ser la mujer madre digna de la más alta consideración.                                                                                                                                          J.M. Santos

jueves, 29 de diciembre de 2016

TU PASO POR EL TIEMPO



Vas caminando por el tiempo y llega ese momento en el que te das cuenta de que el trayecto recorrido es bastante mayor que el que te queda. Es cuando piensas en los cambios que se han ido produciendo a lo largo de tu existencia. Cambios no solo físicos, sino también en tu comportamiento y forma de pensar. Ya no necesitas mirar a través de ese cristal de cada momento por el que veías a capricho de tu imaginación. El tiempo te ha enseñado a apreciar las cosas de forma real, tal como son, sin la influencia de conveniencias personales, sentimientos o creencias; a veces equivocadas.
        Con los años te vas acostumbrando a convivir con las dolencias de más o menos importancia que, inevitablemente,  aparecen. Sientes también como ilusiones que nacieron, o se han ido quedando rezagadas, o se perdieron para siempre.
Llegas a esa edad en la que, tapujos y falsas apariencias ya no tienen cabida en el entorno en el que te relacionas. Valoras el saber estar, aplaudes la sinceridad y detectas pronto el egoísmo. Como ya no consideras a nadie superior, aprendes a mirar de frente, sin complejos; siempre que tu dignidad te lo permita.
Has perdido la atrevida arrogancia de la juventud, pero tu paso por el tiempo te hace sentirte más humano, mejor persona. Aunque a veces, ser bueno no es fácil. Cuando la bondad se enfrenta a la ambición u otras bajas pasiones, no siempre sale vencedora.
  El tiempo te enseña a actuar de la forma que consideres más oportuna en cada momento. Sobra el significado de esas palabras conocidas como “qué dirán”. Eso sí, teniendo muy presente de no cruzar esa línea tras la que se encuentra el derecho de los demás. En cualquier caso, será la conciencia quien te pedirá cuentas de tus actos, buenos o menos buenos.
Aunque se trata de un tema casi inagotable, no quiero terminar sin decir, que has tenido que dar bastante pasos por el tiempo para descubrir, que algunos de los que figuran en tu lista de amistades son menos amigos de lo que creíste. Quizá en su momento no fue un acierto invitarles a tomar asiento en el vagón que rueda por el riel de la vida. Hubiera bastado con saludarles en el andén.

                                                                                 J.M. Santos



miércoles, 26 de octubre de 2016

RECORDANDO







Angelita

Era una chica culta y con las ilusiones propias de cualquier mujer. Su belleza se repartía entre su noble forma de ser, el tono dulce de su voz y la sonrisa limpia que siempre reflejaba su rostro.
Pero se marchó… Cuando el destino oscureció su sendero, se fue marchitando como hoja caduca. Nos dejó un día de marzo, cuando los trigales apuntando al cielo sonríen a las nubes y el mirlo enamorado canta a la  primavera.
Fue un honor considerarme entre sus amigos. La última vez que hablamos me despedía de ella después de pasar unas vacaciones en Encinasola. En ese momento me regaló un crucifijo del que colgaba un pequeño ramito de flores. Conservo aún este crucifijo y no he podido resistir la tentación de fotografiarlo para que aparezca como homenaje a su recuerdo.
Aunque han pasado muchos, muchos años, este sencillo relato solo lo conocían dos personas: nuestra paisana Pilar Delgado  y María, mi esposa.                                                                                                



                                                                                                                            J.M. Santos                                                                                        

jueves, 21 de julio de 2016

La Feria de Septiembre

Recordando  

Llegaba septiembre. Habían terminado las faenas de recolección y en las eras, tras su intensa actividad durante la trilla, sólo quedaban restos de vencejos (amarrajes hechos con la misma planta para atar los “jaces”) y algunos montones de paja en espera de ser trasladados en barcinas a sus respectivos pajares. Aunque hubiese sido más o menos abundante la cosecha del año, mayores y jóvenes, esperábamos la llegada de la feria con tremenda ilusión.
Con tiempo sobrado, nuestras madres, unas a dita o cada cual como podía, se afanaban por comprarnos alguna prenda nueva para lucir en esos días; casi siempre alguna camisa, pantalón o zapatos. A veces, --bastantes veces— se vestía con el traje que en su momento había estrenado el hermano mayor, que iba pasando a los más pequeños por orden de edad.
Como anécdota cuento la historia de mi primer traje de feria. Era de chaqueta cruzada y su tela de la conocida como “príncipe de gales”. Nunca he olvidado su procedencia. Al parecer había pertenecido al “señor” de la casa donde, como sirvientas, trabajaron mis hermanas en Madrid. Este hombre debería tener una estatura cercana a los dos metros. Al ponérmelo la primera vez me perdía dentro de la chaqueta. Del pantalón mejor no comentar. Le sobraba por lo menos cuarta y media. Mi madre, para intentar salir del paso, lo llevó a una costurera de nombre María la Florida que vivía por la calle Cinaga.  Esta señora, en vez de Florida, mejor le hubiese encajado el apodo de “milagrosa”, pues tras repetidas pruebas y retoques consiguió medio adaptarlo a mi talla.
Capítulo aparte era el económico. Hoy se hace difícil creer que los muchachos, la mayoría procedentes del campo, a lo largo del año intentábamos de ir ahorrando algunas pesetillas. No pongo cantidad,  pero seguro que no superaba dos cifras. De esta forma nos podíamos  permitir algún que otro gastillo extra.
Por fin llegaba el día 17 y la alegría se respiraba en todos los ambiente sociales. Muchas familias de las que habitualmente vivían repartidas por los campos, se encontraban en el pueblo. Estaban colgadas las banderitas y bombillas. Las cunitas montadas. Los puestos de turrón formaban hilera a la largo de la calle Portugal hasta el Ensanche. Intercalada entre ellos se podía ver alguna casetilla de tiro, juego de la ruleta u otros similares. También solía aparecer por el pueblo algún circo. Los bares de la plaza con sus mesas dispuestas.  En el rincón el de Antonio; a su izquierda el de Andrés y Feliciana. Le seguía el que hoy se conoce como “El Emigrante” (no tengo claro en este momento si ya por aquellas fechas lo regentaba esta familia o la del malogrado Escruco). Más arriba encontrábamos a nuestro nunca olvidado Candelario y en la esquina de la torre, El Litri. No me olvido de los bares de Félix y Arturo. Parece que estoy viendo en estos momentos ocupando sus mesas aquellas reuniones de hombres. Algunos con aspecto solemne vistiendo sombrero negro; otros con boina nueva del mismo color recién estrenada. Alegres todos mientras charlaban amigablemente tras algunas copas de aguardiente. De estos grupos, quizá por su más abundante disposición dineraria, destacaban los formados por contrabandistas.

No puedo dejar de mencionar las casetas de baile. Instalada en el lugar más preferente de la plaza se encontraba la conocida como “la de los ricos”. En ésta solo entraban  ellos  y sus familias;  también alguna persona destacada del momento. Hoy se conocería como lugar de reunión de la “Jet set” de Encinasola. Se da por sabido que a los de clase social baja ni se le ocurría intentar entrar. El pueblo llano bailábamos en el paseo de arriba. Sentadas a lo largo del poyete de la parte izquierda, las muchachas esperaban a sus “príncipes”; algunas acompañadas de sus madres. ¡Cuántas ilusiones se quedarían atrapadas entre los hierros de su alargada baranda!...

 Durante los descansos salíamos en grupo. Debido al inmenso gentío, por el escaso espacio que quedaba entre mesas y puestos, era difícil pasar. Llegábamos hasta el Ensanche y vuelta atrás, repitiendo el circuito tantas veces como fuera necesario. También era frecuente sentarse en el bar del rincón. Nuestras niñas solían tomar una gaseosa (aquélla que su envase lo cerraba un bolindre de cristal que hacía de tapón y al que había que presionar para que saliese el líquido). Los muchachos ya hacíamos nuestros pinitos con los tintos peseteros. Cuando comenzaba de nuevo el baile con el pasodoble de rigor, no era fácil acercarse al quiosco donde, embelesados y con la boca abierta mirando hacia la orquesta, se agolpaba numeroso público masculino… Nosotros, al pasar, también echábamos una  miradita furtiva a los hermosos muslos de la animadora.

Escaso y sencillo todo,  pero… ¡qué ilusionante!                                                                                                                                                             Cada mañana en El Rodeo los corredores hacían sus tratos de compraventa de ganado. Tenía fama entre los de su gremio el muy conocido tío Cruz. Siempre lo recuerdo delgado de complexión, vestido con chaleco negro, sombrero y bastón.

 El último día de festejo, en horas de la mañana y en la plaza se sorteaban los lotes de La Contienda. Por la noche, ya de madrugada, era inexcusable pasar por los puestos para comprar el trozo de turrón que, envuelto en papel de estraza, se llevaba para casa.

Debido a la cantidad de público forastero que acudía en esos días al pueblo, especialmente portugueses, también hacían “su agosto” las prostitutas de los burdeles de la Cobijá.

Tengo que decir por último, que con la decisión de quien corresponda sobre el traslado de nuestra feria al conocido Llano de San Juan habremos ganado espacio pero, desde mi modo de ver, pienso que hemos perdido identidad, sin poder evitar tampoco que se nos dispare la añoranza. Muchos, aunque apretujados, volveríamos sin dudar a la Plaza.
                                                                                     J.M. Santos































Llegaba septiembre y ya se habían dado por terminadas las faenas de recolección. En las eras, después de su intensa actividad durante la trilla, sólo quedaban restos de vencejos (amarrajes hechos con la misma planta para atar los “jaces”) y algunos montones de paja en espera de ser trasladados en barcinas a sus respectivos pajares. Aunque hubiese sido más o menos abundante la cosecha del año, mayores y jóvenes, esperábamos la llegada de la feria con tremenda ilusión. 
Con tiempo sobrado, nuestras madres, unas a dita o cada cual como podía, se afanaban por comprarnos alguna prenda nueva para lucir en esos días; casi siempre alguna camisa, pantalón o zapatos. A veces, --bastantes veces— se vestía con el traje que en su momento había estrenado el hermano mayor, que iba pasando a los más pequeños por orden de edad.
  Como anécdota, cuento la historia de mi primer traje de feria. Era de chaqueta cruzada y su tela de la conocida como “príncipe de gales”. Nunca he olvidado su procedencia. Al parecer había pertenecido al “señor” de la casa donde, como sirvientas, trabajaron mis hermanas en Madrid. Este hombre debería tener una estatura cercana a los dos metros. Al ponérmelo la primera primera vez me perdía dentro de la chaqueta. Del pantalón mejor no comentar, pues le sobraba por lo menos cuarta y media. Mi madre, para intentar salir del paso, lo llevó a una costurera de nombre María la Florida que vivía por la calle Cinaga.  Esta señora, en vez de Florida, mejor le hubiese encajado el apodo de “milagrosa”, pues tras repetidas pruebas y retoques consiguió medio adaptarlo a mi talla. 
Capítulo aparte era el económico. Hoy se hace difícil creer que los muchachos, la mayoría procedentes del campo, a lo largo del año intentábamos ir ahorrando algunas pesetillas. No pongo cantidad,  pero seguro que no superaba dos cifras. De esta forma nos podíamos  permitir algún que otro gastillo extra.
Por fin llegaba el día 17 y la alegría se respiraba en todos los ambiente sociales. Muchas familias de las que habitualmente vivían repartidas por los campos, se encontraban en el pueblo. Estaban colgadas las banderitas y bombillas. Las cunitas montadas. Los puestos de turrón formaban hilera a la largo de la calle Portugal hasta el Ensanche. Intercalada entre ellos se podía ver alguna casetilla de tiro, juego de la ruleta u otros similares. También solía aparecer por el pueblo algún circo. Los bares de la plaza con sus mesas dispuestas.  En el rincón el de Antonio; a su izquierda el de Andrés y Feliciana. Le seguía el que hoy se conoce como “El Emigrante” (no tengo claro en este momento si ya por aquellas fechas lo regentaba esta familia o la del malogrado Escruco). Más arriba encontrábamos a nuestro nunca olvidado Candelario y en la esquina de la torre, El Litri. No me olvido de los bares de Félix y Arturo. Parece que estoy viendo en estos momentos ocupando sus mesas aquellas reuniones de hombres. Algunos con aspecto solemne vistiendo sombrero negro; otros con boina nueva del mismo color recién estrenada. Alegres todos mientras charlaban amigablemente tras algunas copas de aguardiente. De estos grupos, quizá por su más abundante disposición dineraria, destacaban los formados por contrabandistas.
No puedo dejar de mencionar las casetas de baile. Instalada en el lugar más preferente de la plaza se encontraba la conocida como “la de los ricos”. En ésta solo entraban  ellos  y sus familias;  también alguna persona destacada del momento. Hoy se conocería como lugar de reunión de la “Jet set” de Encinasola. Se da por sabido que a los de clase social baja ni se le ocurría intentar entrar. El pueblo llano bailábamos en el paseo de arriba. Sentadas a lo largo del poyete de la parte izquierda, las muchachas esperaban a sus “príncipes”; algunas acompañadas de sus madres. ¡Cuántas ilusiones se quedarían atrapadas entre los hierros de su alargada baranda!...
 Durante los descansos salíamos en grupo. Debido al inmenso gentío, por el escaso espacio que quedaba entre mesas y puestos, era difícil pasar. Llegábamos hasta el Ensanche y vuelta atrás, repitiendo el circuito tantas veces como fuera necesario. También era frecuente sentarse en el bar del rincón. Nuestras niñas solían tomar una gaseosa (aquélla que su envase lo cerraba un bolindre de cristal que hacía de tapón y al que había que presionar para que saliese el líquido). Los muchachos ya hacíamos nuestros pinitos con los tintos peseteros. Cuando comenzaba de nuevo el baile con el pasodoble de rigor, no era fácil acercarse al quiosco donde, embelesados y con la boca abierta mirando hacia la orquesta, se agolpaba numeroso público masculino… Nosotros, al pasar, también echábamos una  miradita furtiva a los hermosos muslos de la animadora.
Escaso y sencillo todo,  pero… ¡qué ilusionante!                                                                                                                                                        Cada mañana en El Rodeo los corredores hacían sus tratos de compraventa de ganado. Tenía fama entre los de su gremio el muy conocido tío Cruz. Siempre lo recuerdo delgado de complexión, vestido con chaleco negro, sombrero y bastón. 
 El último día de festejo, en horas de la mañana y en la plaza se sorteaban los lotes de La Contienda. Por la noche, ya de madrugada, era inexcusable pasar por los puestos para comprar el trozo de turrón que, envuelto en papel de estraza, se llevaba para casa.
Debido a la cantidad de público forastero que acudía en esos días al pueblo, especialmente portugueses, también hacían “su agosto” las prostitutas de los burdeles de la Cobijá.
Tengo que decir por último, que con la decisión de quien corresponda sobre el traslado de nuestra feria al conocido Llano de San Juan habremos ganado espacio pero, desde mi modo de ver, pienso que hemos perdido identidad, sin poder evitar tampoco que se nos dispare la añoranza. Muchos, aunque apretujados, volveríamos sin dudar a la Plaza.
                                                     
                                                                                     J.M. Santos







miércoles, 22 de junio de 2016

La voz del cementerio

                                                                              
 Hoy he visitado nuestro cementerio. Mientras recorres sus calles abarrotadas de nichos, por sus nombres recuerdas a numerosas personas que conociste. Ves donde reposan el justo y el egoísta; más allá el humilde cerca del poderoso.
  La soledad envuelve el ambiente y hasta el aire que mece los cipreses se escucha de forma diferente. ¡Cuántos proyectos e ilusiones de jóvenes que desaparecieron!... ¡Cuántas penas y alegrías quedaron truncadas para siempre!… En esos momentos y de forma atropellada, afloran recuerdos y sentimientos que, dormidos, nunca imaginaste.
  Rompiendo el silencio te parece escuchar una voz que dice: ¡Espera amigo!... ¡Acércate a mi tumba!… Quiero decirte que hubo un tiempo que yo también anduve por el mundo. Supe de sus alegrías y maldades. Perseguí grandezas y atesoré fortuna que no me ha servido para nada, ¡pues ya ves!… aquí me encuentro… para la eternidad… ¡Qué corta es la vida y qué larga la eternidad!… Piensa que también a ti te llegará ese día, no dudes que llegará. Cuando ocurra, empezará tu ascenso hacia el olvido. Antes de venir procura aligerar de basura tu conciencia porque, mala conciencia y espíritu, nunca se entendieron.
   Quiero que sepas la verdad amigo… En esa losa de mármol que tienes delante aparece mi nombre. Es posible que también leas otras frases; palabras falsas, sin contenido, que alguien escribió siguiendo la costumbre. Tras la piedra no queda nada… ¡Esa es la verdad!… Si escuchas por ahí otra cosa, te están mintiendo.
    A pesar de todo, los que todavía estamos aquí, seguimos dejándonos arrastrar por el odio, la envidia y otras bajas pasiones sin llegar a comprender que, a no tardar, nos convertiremos en polvo que vuela al infinito.                                                                 

     J.M. Santos                                                                                                                                                                       

sábado, 18 de junio de 2016

La vida

¿Es sendero recorrido,
o sólo es tiempo que ha huido
entre nacimiento y muerte,
que a la nada se convierte
o se pierde en el olvido?
¿Es de los sueños escuela,
del dolor, de los placeres
entre hombres y mujeres;
o quizá, polvo que vuela
que el viento borra su estela?


Pienso,  que nadie  podría definir  “qué es la vida”  sin correr el riesgo de equivocarse, ya que puede haber tantos conceptos diferentes como seres existen; dependiendo de las circunstancias personales de cada individuo. Cierto es, que con el  paso de los años y al mirarla con el cristal de cada momento, se va viendo de forma diferente. 
Damos escaso valor a las cosas sencillas, siendo tan fuerte nuestro afán por aparentar, por no ser uno mismo, que nos perdemos en el tiempo y nos hacemos viejos sin haber conseguido algo tan importante como es, aprender a vivir.                                                                                                                                                                             J.M.Santos

lunes, 13 de junio de 2016

Viento de lluvia

  Dedicado al recuerdo de la mejor persona que he conocido, mi abuelo José María.   ¡Cuántas veces le escuche decir:   “este viento nos moja hoy”!

 La tarde se ha vuelto gris. Veo a través de la ventana como el aire sacude con rudeza al chopo de la vega. Es un aire que, sin rumbo fijo, sopla a bocanadas removiendo en el suelo esa hojarasca que el otoño a muerte sentenció. Lejos todavía, desde poniente avanzan algunas nubes. Son oscuras y con lentitud van cubriendo el cielo mientras roban luminosidad al sol.
     Oscurece y aunque suave, ya caen las primeras gotas que con su cantar alegre celebra el ruiseñor que este año ha llegado tempranero. Allá lejos se escucha el tañido de un cencerro, mientras que por el horizonte asoman algunos tordos que vuelan siguiendo una dirección determinada. Quizá y presintiendo el temporal, traten de buscar posadero seguro y confortable para guarecerse.
   Arrecia la lluvia. Parece como si hubiese querido llegar ocultándose en la oscuridad de la noche misteriosa que va convirtiendo el paisaje arbolado en falsas figuras fantasmales.
    Las horas pasan y se acerca el momento de acostarse. Mientras el sueño hace su aparición, la mente planea imparable sobre mil recuerdos. Pero qué sensación más agradable sientes cuando el sueño te sorprende escuchando llover. Mucho más grato es, cuando ese día ha sobrado un trozo de pan en tu mesa; o la conciencia te dice que no has hecho mal a nadie.
                                                                                      J.M.Santos

domingo, 5 de junio de 2016

A la encina muerta


           
                                                     


Mata se llamó en su juventud y chaparro en la adolescencia. Nadie podría afirmar sin equivocarse, los años transcurridos desde su nacimiento hasta que se convirtió en respetable multicentenaria. Hoy yace muerta en la ladera de aquel cerro.
¿Fue el rayo quien horadó su entraña?... ¿Fue la  plaga quien convirtió su verdor perenne en hojarasca seca?... Tumbada sobre el suelo, ya sólo se contempla una silueta inerte que, como espíritu, aguanta refugiándose tal vez en su esplendor de otros momentos. A no tardar, la oruga y las inclemencias del tiempo conseguirán acabar con su despojo.
Notará su ausencia el mochuelo que anidaba en la trueca de su rugoso y recio tronco. Puede también que algún día no lejano, de paso por el lugar, el curioso caminante pregunte por qué existe un espacio vacío entre la frondosa arboleda. Como se habrá borrado toda huella de su existencia, nadie le responderá.
                                                                                                                                                                   J.M. Santos















  

miércoles, 25 de mayo de 2016

TIC-TAC


Repetido y monótono, escucho el tic-tac de un viejo reloj que de forma casi perpetua, permanece colgado de la pared. De pronto pienso que, aunque idénticos, cada uno de estos acompasados sonidos ocupa un lugar diferente en el tiempo. Un tiempo en el que parece no existir el presente, pues el siguiente tic-tac pertenecerá al futuro, pero el anterior ya es pasado. Quizá haya transcurrido sólo algunas décimas de segundo, pero es un pasado que ya nunca  volverá a repetirse. Espacio insignificante que no sabemos o no queremos apreciar, pero es así como, a golpes de tic-tac, se nos va escapando la vida.
                                                                      J.M. Santos        

domingo, 25 de octubre de 2015

La noche, desde el ocaso hasta el alba

Se oculta el sol… la tarde palidece.
El último destello, rezagado,  
lo guarda un horizonte anaranjado.
Llegando van  las sombras… oscurece.

Cabalga ya la noche misteriosa
a lomos del silencio y la quimera.
Vistiendo capa negra va altanera
seguida de luceros, como diosa.

Acecha el predador… La duda impera…
Rompiendo la quietud tañe un cencerro
y terco ladrador, se escucha el perro
que guarda su redil con casta fiera.

Arrecia y parece gemir el viento
que sopla sobre el chopo de la vega.
Envuelta en la penumbra, triste llega
del cárabo su voz como un lamento.

Las horas pasan…Ya es fresca la brisa.
Tocado por el dardo de Cupido,
febril el cabrerillo adormecido
sueña con una pícara sonrisa.

Se acerca ya a su fin la madrugada.
Fugaz, la estrella errante cruza el cielo
y altivo, retador, con garra y celo
se escucha el viejo gallo en la majada.
                            
Canta el mirlo y despierta la paloma.
¡Huid!... Huid  falsos enigmas y dragones…
Cargada de belleza y de ilusiones,
por las cumbres, clareando el alba asoma.   

viernes, 19 de junio de 2015

El jamón en los 50


Por aquellos años, la comida en mi casa no era ni mejor ni peor que la de cualquier familia de la época. Al comparar, puede que fuese incluso más escasa, debido a la precaria situación familiar que tuvimos que vivir. Siempre tengo muy presente los tan repetidos cocidos de garbanzos con un trozo de tocino añejo. De forma excepcional, algún que otro guisado de patatas con morcilla lustre, cazón o raya que vendía Marcos, el pescadero. Para hablar del gallo con arroz había que esperar la llegada de la Navidad.
    De pequeño, escuchaba yo decir que existía el jamón, pero como algo inalcanzable, mítico más bien. Se comentaba, que algunos los habían visto colgados en los techos de las casas de los pudientes.
    Tendría ocho o diez años. En una ocasión me llevó mi madre a Rosal de la Frontera -no sé el motivo-, posiblemente con ocasión de visitar a mis tíos y primos que, aunque marochos, vivían en un una finca perteneciente a su término.
El regreso, después de pasar varios días con ellos, lo hicimos en un viejo autocar –creo que era conocido como “El Saure”—. Este coche nos trasladó desde el pueblo referido hasta El Repilado. En la estación del mismo nombre deberíamos coger el tren que, procedente de Huelva, nos llevaría al apeadero de La Nava, para seguir el viaje en bestias hasta Encinasola, después de que nos recogiese mi abuelo.
Recuerdo que estuvimos varias horas esperando el tren. El tiempo se hacía interminable y se acercaba la hora de la comida. Sentados en un viejo banco de madera del anden, abrió mi madre un “mochilo” sacando un trozo de pan y una tortilla. Al desenvolver un papel de estraza que también se incluía, vimos con extrañeza que contenía algo que no era normal. Mi madre, aunque también sorprendida, aclaró que se trataba de un trozo de jamón que mi tía Catalina nos había preparado para el viaje. Ellos, al vivir en el campo habían podido engordar un cerdo para su matanza casera.
Fue tan grande la ilusión que me hizo ver y probar el jamón por primera vez, -estaba buenísimo-, que es uno de los pequeños recuerdos de mi vida que, aunque insignificante,  he guardado siempre.
Pero como aquello fue una excepción irrepetible, tuvieron que pasar muchos, muchos años más hasta que volví a comerlo de nuevo. Creo que incluso se me había olvidado ya su sabor.


                                                                                                  J. M. Santos