martes, 22 de junio de 2010

LA ESQUINA DEL TALLER





     
Era conocida como “La esquina del taller”. Por si alguna persona más bien joven no se sitúa, hay que señalar que está exactamente donde confluyen las calles Eugenio Silvela (entrada desde Higuera la Real), calle Molinitos, calle Abel Moreno (antes Canalejas) y calle Rábida (antes Berraca).
Hace bastantes años existían en el lugar dos carpinterías, cuyos maestros eran los hermanos Antonio y José, nombrados también como “Los Moras”. Para los jóvenes de aquellos tiempos, “La esquina del taller” fue el centro de reunión de todos los que vivíamos por las inmediaciones. También  era paso obligado de casi todo lo que entraba o salía del pueblo. A diario veíamos pasar La Estellesa, autobús que hacía su recorrido hasta Sevilla. O el microbús del Relojero conducido por el inolvidable Jaramillo cuyo destino era Fregenal. Por Septiembre, era un gozo para los chiquillos ver aparecer el camión trasportando los cacharros de la feria (cunitas), o los carromatos de los puestos de turrón. Desfilaba igualmente el conocido como “coche de los muertos”, de color negro y aspecto siniestro que, tirado por una bestia, encabezaba la comitiva fúnebre hasta el cementerio. Tampoco quiero dejar sin mentar las dos hileras de grandes y frondosos eucaliptos que adornaban cada lado de la carretera de entrada en el pueblo. Nunca pude entender la decisión municipal de hacerlos desaparecer.
Con frecuencia, desde nuestro sentadero en la esquina, veíamos el paso de los inmensos rebaños trashumantes de ovejas  haciendo sonar el acompasado e inconfundible tañido de sus campanillos. Asomando por la calle Molinitos, seguían por La Berraca para perderse, tras una nube de polvo, por el Callejón de la Cañada. Impresionaba ver aquellos grandes mastines, siempre vigilantes, que acompañaban al ganado, protegidos con collares de cuero y púas en el cuello para su defensa ante las frecuentes escaramuzas con los lobos. A la cola del rebaño nunca faltaba la collera de mulos del “amo”. Una bestia cargaba la red y sus estacas de madera que, una vez desplegada, recogía el ganado por la noche. (redil). Encima de los fardos de mallas se acoplaba la casetilla de madera-cartón donde dormía el pastor cada noche junto a sus ovejas --se conocía como el chozo de mudas--. Otro mulo portaba las angarillas conteniendo el escaso ajuar de la familia: algunos trapillos y mantas raídas, así como varios cacharros de lata junto a un par de pucheros ennegrecidos por el fuego. No faltaba tampoco la jaula grande donde, apretujadas, se recogían unas cuantas gallinas. Suelto y haciendo alarde de equilibrio sobre la montura, se podía ver un cachorrillo, incapaz todavía por su corta edad de acompañar al rebaño. A veces iba también un gato.
 Para nosotros los chiquillos, era todo un espectáculo; como lo fue también la tarde que vimos llegar a tío Navas --el de los peces--, con una nutría de tamaño medio que había pescado con su aparejo en la Charca de Giraldo. Por su domicilio en La Berraca desfiló medio pueblo para ver al extraño y desconocido animal.
En la esquina acordábamos el juego de cada día, que casi siempre era el chicuento, la pingola o la burra larga. Los bolindres de barro se compraban o vendían a cinco céntimos de peseta la media docena. Era tal cantidad la que reuníamos, que se nos agujereaban los bolsillos de nuestros muy remendados pantalones de pana. Jugábamos también a “coger gamusinos” cuando estaba presente algún forastero o visitante ajeno que, ignorante de cómo iba la cosa, intentábamos que pagara la novatada. Las niñas se entretenían tirando la ranchuela, o jugando a la comba.
Sentados en la acera hablábamos de mil cosas. Si alguno había ido recientemente al cine, contaba cada detalle de la película tantas veces como le viniera en gana, ya que audiencia no le faltaba. Eran muy frecuentes nuestras incursiones al Grupo Escolar, siendo sus edificios a medio construir y en estado ruinoso, el escenario perfecto para los juegos. Algunos subían a lo más alto del tejado buscando nidos de gorriones, bajando con la gorra llena de huevos.                Cuando jugábamos al fútbol lo hacíamos con una pelota de goma. A falta de ésta valía una piedra lo más redonda posible envuelta en tela de saco y fuertemente atada. No había equipos predeterminados; sólo los chavales que hubiese presente en ese momento. Para formar los dos grupos, los nombrados capitanes se colocaban de frente y a distancia prudencial. La separación entre ambos se medía en pies, siguiendo un riguroso orden y de forma alternativa. Cuando los pies de ambos se encontraban  muy próximos y no quedaba espacio para un nuevo paso, ganaba el pie que montase sobre el del contrario. Esto le daba preferencia para elegir que, sin duda, siempre escogía al muchacho mejor dotado como futbolista. Seguidamente tocaba el turno de elección al contrario. Si el número de jugadores disponibles era impar, al finalizar el reparto quedaba uno sobrante. Éste, que siempre resultaba ser el más torpe en el arte, o jugaba un rato con cada equipo, o era cedido de forma graciable a la parte más perjudicada.
Frente a la puerta del edificio principal del Grupo Escolar había una profunda laguna de agua, bastante profunda. Se decía, que del agujero habían sacado la piedra para la construcción de los edificios. Cogiéndoles las vueltas a nuestras madres, nos bañábamos con el consiguiente peligro, que a esa edad no se advierte.
En el solar que ocupa hoy el Centro de Mayores existió una casa de dos plantas, edificio que fue restaurado y acondicionado para que los maestros D. Eladio y Dña. Amparo su esposa, impartiesen clases. Bajo la dirección de este profesor, los alumnos fuimos sembrando un precioso jardín con sus parterres correspondiente que era el orgullo de todos. Formando hilera, a la salida de clase los niños hacíamos turno rotatorio de riego. El agua se recogía en la referida laguna y ningún chaval se marchaba a casa sin acarrear el cubo correspondiente. Hoy, como único rastro de aquel jardín, quedan las frondosas palmeras que aún siguen en pie. Fue en esa escuela donde empezamos a tomar el famoso vaso de leche en polvo. Se decía que era aportada por los americanos.
Recuerdos imborrables de Los Grupos porque, deambulando por entre sus ruinas y escombros, fuimos descubriendo cada cual nuestros cambios hormonales y sus consecuencias naturales…
La esquina era también compartida por hombres mayores, tal como muestra la fotografía. Cada grupo se situaba a escasos metros uno de otro; a veces todos juntos. Los muchachos oíamos con atención las innumerables e interesantes historias que contaban cada uno de ellos. Aunque no aparece en la positiva, era tertuliano habitual destacado  Ángel “candilo”. Su voz pausada abría hueco entre las demás. Hablando razonadamente sobre cualquier tema que se tocara, resultaba ser el centro de atención de los presentes. Era un  hombre con mentalidad muy avanzada para su tiempo del que me queda un grato recuerdo.
Hay que resaltar igualmente la personalidad de Francisco Velasco “arriero” --aparece en la foto--. También fue un hombre bastante comprometido con la cultura. Tuve ocasión de hablar con él en repetidas ocasiones durante sus últimos meses, cuando ya la vida se le escapaba. Escuchar a Ángel y a Francisco participando en la misma tertulia, era todo un placer.
No quiero terminar sin dedicarle unas palabras al recuerdo de Joaquín “El cardaó” --figura en la foto--, persona sencilla, amable y educada, de estatura escasa pero de corazón grande. Trabajando a su lado aprendí muchas cosas de él.
                            

                                                                               J.M. Santos






















8 comentarios:

  1. Desde el interior del taller de Antonio pude comtemplar en muchas ocasiones la escena que representa esta foto, yo trabajaba allí, ya lo sabes; desde allí también te veía cuando entrabas y salías de tu casa. Recuerdo a la perfección a todos los que componen el grupo, no sus nombres, porque no tuve trato con ellos, éstos solían ir al taller de José.
    ¡ Cuantos recuerdos...! y ya tan lejanos...
    Jose Maria, un abrazo

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  2. Muy bonito como siempre amigo Santos, que tiempos aquellos; mucha penuria, pero a la vez habia mas sosiego y paz interior y eramos mas humanos que ahora. saludos Jose Maria

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  3. Querido amigo,has conseguido sacarme los colores al tratarme como un lider,se nota que tu me quieres bien,de lo que no hay duda es que aquellos ratos vividos fuerón entrañable e inolvidables.

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  4. Santos, habia otros personajes, uno era Tio Juan Pedro, te acuerdas. Otro, Carrasco (ayudante de Rufo)Ya muchos de ellos fallecidos, Gumersindo padre e hijo etc. Que recuerdos

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  5. José Maria queria hacerte un largo comentario sobre la esquina del taller, pero me lo reservo ya lo leerás en mi blog, pues yo tambien estaba escribiendo algo sobre esta esquina y te has adelantado. Aunque lo que yo escriba no te llega ni a la suela del zapato, y además sobre otra optica. pero en fin.... solo escribo de la forma que lo siento.
    Felicidades como siempre por tu fantástico relato.

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  6. Muy buenas !

    Este es un mensaje para J.M. Santos.

    Tengo un Documental " Memoria de la Frontera" para entregárselo a "Catalino". He estado buscando tu correo, pero no lo he encontrado. Me gustaría saber cómo puedo entregarte el documental para que se lo des a él. Creo que vives ahí en Aracena.
    El documental habla sobre el Contrabando en la Frontera y sale Catalino, "Chaqueta negra" y Grabriela. Es muy emotivo, sobre todo por los que faltan. Mi teléfono es 959.714124 // 616. 167554.

    Muchas gracias !!

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  8. la Esquina del Taller, como punto de encuentro de los que éramos asiduos componentes de juegos, tertulias y amistad es un lugar que no se olvida,casi todo lo que entraba o salia del pueblo era paso obligado,y la estampa que al mirar se nos quedó gravada fué también la de aquellos eucaliptos que conformaban aquel precioso paisaje,por allí pasaban las bestias de carga, los carros del turrón,las piaras de cochinos gordo y los de la "dua" el coche o carro de los que hacian su último viaje,los coches de viajeros a Sevilla o Fregenal, el que tocaba el caracol, los niños de la escuela, en fin la famosa esquina se merece este pequeño recuerdo, jd.

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