martes, 5 de junio de 2007

LA PROSTITUCION EN ENCINASOLA

Al contar relatos relacionados de alguna forma con Encinasola, no se podía dejar pasar inadvertido un breve comentario dedicado a ese oficio tan antiguo como dicen que es la prostitución. Los primeros datos que ha sido posible recabar, tienen su origen allá por la década de los 20. Por aquellos años llegaron al pueblo varias mujeres,  instalándose en la última casa del Callejón de Los Lagares, lugar donde prestaban sus “servicios”. El pequeño burdel lo  regentaba “la Julia”, nombrada también como “el ama”. Acompañada de la Maruja y la Portuguesa, conocidas también como “Las Niñas de los Lagares”. Era variable número de “señoritas”, dependiendo más bien de las circunstancias económicas del momento. Todavía se podría escuchar de alguna persona ya muy mayor, una coplilla que se cantaba relacionada con el asunto. En ella se mencionan varios apodos; entre ellos, el de la persona que al parecer propició la llegada de estas mujeres.
Más tarde, debido a los sucesivos conflictos políticos de aquellos tiempos, tal actividad sufriría sus momentos más bajos. Vuelve a resurgir  alcanzando su mayor auge, entre los años cuarenta a sesenta. Por esas fechas, en La Cobijá existían, no una sola casa de citas, sino tres o cuatro, que eran administradas por sus correspondientes “madames”. En cada burdel había varias chicas, algunas marochas, siendo todas sobradamente conocidas por sus nombres o apodos. Dotada de una estructura envidiable se encontraba la que llamaremos Ángela. De su físico, resaltaban sus bien alineadas y exuberantes ondulaciones, virtud que la colocaba como preferida entre los encandilados lugareños. Le acompañaba dicen, una habilidad natural sin igual en el manejo del colchón...
Por la feria de Septiembre acudían de otros pueblos entre treinta o cuarenta mujeres que, atraídas por la gran cantidad de clientes de todo tipo, hacían “su agosto”. Sin entrar en detalles señalaremos que las medidas de higiene eran completamente nulas. Ante tanta actividad, también se desplazaba desde Fregenal de la Sierra un individuo de nombre Merquiales --albino para más señas ---. Acompañado de su acordeón, organizaba bailes en el interior de las casas. Cada cliente que lo deseaba, previo pago de una peseta que cobraba el músico, tenía derecho a bailar la pieza de su agrado con la “chica” preferida. Éste a su vez estaba obligado a pagar un tanto a la regenta del negocio, la que ofrecía copas de aguardiente y perrunillas a su clientela. Los dulces no entraban en la oferta, debiendo ser abonados por separado. De esta forma, cada parte se llevaba su tajada.
Dentro de aquel ambiente, algunas prostitutas encontraron su “media naranja”, surgiendo a diario infinidad de historietas de todo tipo. Ocurrió una noche, que un cabo de Guardia Civil efectuó varios disparos en el interior de una de las casa. Aunque no hubo consecuencias lamentables, el origen de tal actuación pudiera haber sido como consecuencia de los celos, pues el autor de los hechos era “protector” de una de las mujeres. En otra ocasión, la esposa de un asiduo cliente, conocedora de las andanzas de su marido y harta de aguantar sus ausencias injustificadas, tomó la valiente y atrevida decisión de presentarse de forma inesperada en uno de los burdeles. En su interior y sentadas alrededor de una mesa se encontraban varias mujeres y hombres; entre ellos y como era de esperar, el suyo. La señora, sin dudarlo, cogió una silla y abriéndose espacio se sentó también en la mesa diciendo: ¡Bueno!... Pues como ya estamos todas, que empiece la función…
Recuerdo que siendo todavía muy pequeños, movidos por la curiosidad  y organizados en cuadrillas, tan pronto oscurecía solíamos merodear por la zona. Como no hacíamos otra cosa que molestar e incordiar, algunas mujeres, salían de “las casas” y echaban a correr tras de nosotros. El fin no era otro sino asustarnos para que las dejásemos tranquilas. Una noche fue alcanzado uno de los nuestros, siendo  arrastrado y obligado por la fémina a entrar en el interior del burdel. ¡Menudo cuadro!... Dentro se encontraba su padre. Aquel niño, hoy ya un hombre con bastantes años, sigue viviendo en el pueblo y aunque tengo el gusto de saludarle de tarde en tarde, siempre recordamos aquellos momentos.
                                                                                                                                                                                                         J.M. Santos


















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