Al
contar relatos relacionados de alguna forma con Encinasola, no se podía dejar
pasar inadvertido un breve comentario dedicado a ese oficio tan antiguo como
dicen que es la prostitución. Los primeros datos que ha sido posible recabar,
tienen su origen allá por la década de los 20. En aquellos años llegaron al
pueblo varias mujeres que se instalaron en la última casa del Callejón de Los
Lagares; lugar donde prestaban sus “servicios”.
El pequeño burdel era regentado “la Julia”, nombrada
también como “el ama”. Le acompañaban la Maruja y la Portuguesa. El trio era
conocido como “Las Niñas de los Lagares” aunque, dependiendo más bien de las
circunstancias económicas del momento, era variable el número de “señoritas”.
Todavía se podría escuchar de alguna persona ya bastante mayor, una coplilla que se cantaba relacionada
con el asunto. En ella se mencionaban varios apodos; entre ellos el de la
persona que, al parecer, propició la llegada de estas mujeres. (no parece oportuno mencionar estos apodos)
Más
tarde, debido a los sucesivos conflictos políticos de aquellos tiempos, tal
actividad sufriría sus momentos más bajos. Vuelve a resurgir alcanzando su
mayor auge, entre los años cuarenta a sesenta del pasado siglo. Por esas fechas, en La Cobijá
existían, no una sola casa de citas, sino tres o cuatro, que eran administradas
por sus correspondientes “madames”. En cada burdel había varias chicas --algunas
marochas--, siendo todas sobradamente conocidas por sus nombres o apodos.
Dotada de una estructura corporal envidiable, se encontraba la que llamaremos
Ángela. De su físico, resaltaban sus bien alineadas y exuberantes ondulaciones,
virtud que la colocaba como preferida entre los encandilados lugareños. Cuentan,
que le acompañaba una habilidad natural sin igual en el manejo del colchón...
Por la
feria de Septiembre acudían de otros pueblos entre treinta a cuarenta mujeres que,
atraídas por la gran cantidad de clientes de todo tipo, hacían “su agosto”. Sin
entrar en detalles señalaremos que las medidas de higiene eran completamente nulas.
Ante tanta actividad, también se desplazaba desde Fregenal de la Sierra un
individuo de nombre “Merquiales” --albino para más señas--. Acompañado de su acordeón
organizaba bailes en el interior de las casas. Cada cliente que lo deseaba,
previo pago de una peseta que cobraba el músico, tenía derecho a bailar la pieza
de su agrado con la “chica” preferida. Éste a su vez estaba obligado a pagar un
tanto a la regenta del negocio, la que ofrecía copas de aguardiente y
perrunillas a su clientela. Los dulces no entraban en la oferta, debiendo ser
abonados por separado. De esta forma, cada parte se llevaba su tajada. Dentro
de aquel ambiente, alguna prostituta también encontró su “media naranja”.
Surgían
con frecuencia historietas de todo tipo. Ocurrió una noche, que un cabo de
Guardia Civil efectuó varios disparos en el interior de una de las casa. Aunque
no hubo consecuencias lamentables, el origen de tal actuación pudiera haber
sido como consecuencia de los celos, pues el autor de los hechos era
“protector” de una de las mujeres. En otra ocasión, la esposa de un asiduo
cliente, conocedora de las andanzas de su marido y harta de aguantar sus
ausencias injustificadas, tomó la valiente y atrevida decisión de presentarse de
forma inesperada en uno de los burdeles. En su interior y sentadas alrededor de
una mesa se encontraban varias mujeres y hombres; entre ellos y como era de
esperar, el suyo. La señora, sin dudarlo, cogió una silla y abriéndose espacio
se sentó también en la mesa diciendo: ¡Bueno!... Pues, como ya estamos todas, que
empiece la función…
Recuerdo que siendo todavía muy pequeños, movidos por la curiosidad y organizados en cuadrillas, tan pronto oscurecía solíamos merodear por la zona. Como no hacíamos otra cosa que molestar e incordiar, algunas mujeres salían de “las casas” y echaban a correr tras de nosotros. El fin no era otro sino asustarnos para que las dejásemos tranquilas. Una noche fue alcanzado uno de los nuestros, siendo arrastrado por la fémina hasta que consiguió entrarlo en el interior del burdel. ¡Menudo cuadro!... porque dentro se encontraba su padre. Aquel niño, hoy ya un hombre con bastantes años, sigue viviendo en el pueblo y, aunque tengo el gusto de saludarle de tarde en tarde, siempre recordamos aquellos momentos. J.M. Santos
Que pena esto de no aber nombres!!
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