jueves, 21 de julio de 2016

La Feria de Septiembre

Recordando  

Llegaba septiembre. Habían terminado las faenas de recolección y en las eras, tras su intensa actividad durante la trilla, sólo quedaban restos de vencejos (amarrajes hechos con la misma planta para atar los “jaces”) y algunos montones de paja en espera de ser trasladados en barcinas a sus respectivos pajares. Aunque hubiese sido más o menos abundante la cosecha del año, mayores y jóvenes, esperábamos la llegada de la feria con tremenda ilusión.
Con tiempo sobrado, nuestras madres, unas a dita o cada cual como podía, se afanaban por comprarnos alguna prenda nueva para lucir en esos días; casi siempre alguna camisa, pantalón o zapatos. A veces, --bastantes veces— se vestía con el traje que en su momento había estrenado el hermano mayor, que iba pasando a los más pequeños por orden de edad.
Como anécdota cuento la historia de mi primer traje de feria. Era de chaqueta cruzada y su tela de la conocida como “príncipe de gales”. Nunca he olvidado su procedencia. Al parecer había pertenecido al “señor” de la casa donde, como sirvientas, trabajaron mis hermanas en Madrid. Este hombre debería tener una estatura cercana a los dos metros. Al ponérmelo la primera vez me perdía dentro de la chaqueta. Del pantalón mejor no comentar. Le sobraba por lo menos cuarta y media. Mi madre, para intentar salir del paso, lo llevó a una costurera de nombre María la Florida que vivía por la calle Cinaga.  Esta señora, en vez de Florida, mejor le hubiese encajado el apodo de “milagrosa”, pues tras repetidas pruebas y retoques consiguió medio adaptarlo a mi talla.
Capítulo aparte era el económico. Hoy se hace difícil creer que los muchachos, la mayoría procedentes del campo, a lo largo del año intentábamos de ir ahorrando algunas pesetillas. No pongo cantidad,  pero seguro que no superaba dos cifras. De esta forma nos podíamos  permitir algún que otro gastillo extra.
Por fin llegaba el día 17 y la alegría se respiraba en todos los ambiente sociales. Muchas familias de las que habitualmente vivían repartidas por los campos, se encontraban en el pueblo. Estaban colgadas las banderitas y bombillas. Las cunitas montadas. Los puestos de turrón formaban hilera a la largo de la calle Portugal hasta el Ensanche. Intercalada entre ellos se podía ver alguna casetilla de tiro, juego de la ruleta u otros similares. También solía aparecer por el pueblo algún circo. Los bares de la plaza con sus mesas dispuestas.  En el rincón el de Antonio; a su izquierda el de Andrés y Feliciana. Le seguía el que hoy se conoce como “El Emigrante” (no tengo claro en este momento si ya por aquellas fechas lo regentaba esta familia o la del malogrado Escruco). Más arriba encontrábamos a nuestro nunca olvidado Candelario y en la esquina de la torre, El Litri. No me olvido de los bares de Félix y Arturo. Parece que estoy viendo en estos momentos ocupando sus mesas aquellas reuniones de hombres. Algunos con aspecto solemne vistiendo sombrero negro; otros con boina nueva del mismo color recién estrenada. Alegres todos mientras charlaban amigablemente tras algunas copas de aguardiente. De estos grupos, quizá por su más abundante disposición dineraria, destacaban los formados por contrabandistas.

No puedo dejar de mencionar las casetas de baile. Instalada en el lugar más preferente de la plaza se encontraba la conocida como “la de los ricos”. En ésta solo entraban  ellos  y sus familias;  también alguna persona destacada del momento. Hoy se conocería como lugar de reunión de la “Jet set” de Encinasola. Se da por sabido que a los de clase social baja ni se le ocurría intentar entrar. El pueblo llano bailábamos en el paseo de arriba. Sentadas a lo largo del poyete de la parte izquierda, las muchachas esperaban a sus “príncipes”; algunas acompañadas de sus madres. ¡Cuántas ilusiones se quedarían atrapadas entre los hierros de su alargada baranda!...

 Durante los descansos salíamos en grupo. Debido al inmenso gentío, por el escaso espacio que quedaba entre mesas y puestos, era difícil pasar. Llegábamos hasta el Ensanche y vuelta atrás, repitiendo el circuito tantas veces como fuera necesario. También era frecuente sentarse en el bar del rincón. Nuestras niñas solían tomar una gaseosa (aquélla que su envase lo cerraba un bolindre de cristal que hacía de tapón y al que había que presionar para que saliese el líquido). Los muchachos ya hacíamos nuestros pinitos con los tintos peseteros. Cuando comenzaba de nuevo el baile con el pasodoble de rigor, no era fácil acercarse al quiosco donde, embelesados y con la boca abierta mirando hacia la orquesta, se agolpaba numeroso público masculino… Nosotros, al pasar, también echábamos una  miradita furtiva a los hermosos muslos de la animadora.

Escaso y sencillo todo,  pero… ¡qué ilusionante!                                                                                                                                                             Cada mañana en El Rodeo los corredores hacían sus tratos de compraventa de ganado. Tenía fama entre los de su gremio el muy conocido tío Cruz. Siempre lo recuerdo delgado de complexión, vestido con chaleco negro, sombrero y bastón.

 El último día de festejo, en horas de la mañana y en la plaza se sorteaban los lotes de La Contienda. Por la noche, ya de madrugada, era inexcusable pasar por los puestos para comprar el trozo de turrón que, envuelto en papel de estraza, se llevaba para casa.

Debido a la cantidad de público forastero que acudía en esos días al pueblo, especialmente portugueses, también hacían “su agosto” las prostitutas de los burdeles de la Cobijá.

Tengo que decir por último, que con la decisión de quien corresponda sobre el traslado de nuestra feria al conocido Llano de San Juan habremos ganado espacio pero, desde mi modo de ver, pienso que hemos perdido identidad, sin poder evitar tampoco que se nos dispare la añoranza. Muchos, aunque apretujados, volveríamos sin dudar a la Plaza.
                                                                                     J.M. Santos































Llegaba septiembre y ya se habían dado por terminadas las faenas de recolección. En las eras, después de su intensa actividad durante la trilla, sólo quedaban restos de vencejos (amarrajes hechos con la misma planta para atar los “jaces”) y algunos montones de paja en espera de ser trasladados en barcinas a sus respectivos pajares. Aunque hubiese sido más o menos abundante la cosecha del año, mayores y jóvenes, esperábamos la llegada de la feria con tremenda ilusión. 
Con tiempo sobrado, nuestras madres, unas a dita o cada cual como podía, se afanaban por comprarnos alguna prenda nueva para lucir en esos días; casi siempre alguna camisa, pantalón o zapatos. A veces, --bastantes veces— se vestía con el traje que en su momento había estrenado el hermano mayor, que iba pasando a los más pequeños por orden de edad.
  Como anécdota, cuento la historia de mi primer traje de feria. Era de chaqueta cruzada y su tela de la conocida como “príncipe de gales”. Nunca he olvidado su procedencia. Al parecer había pertenecido al “señor” de la casa donde, como sirvientas, trabajaron mis hermanas en Madrid. Este hombre debería tener una estatura cercana a los dos metros. Al ponérmelo la primera primera vez me perdía dentro de la chaqueta. Del pantalón mejor no comentar, pues le sobraba por lo menos cuarta y media. Mi madre, para intentar salir del paso, lo llevó a una costurera de nombre María la Florida que vivía por la calle Cinaga.  Esta señora, en vez de Florida, mejor le hubiese encajado el apodo de “milagrosa”, pues tras repetidas pruebas y retoques consiguió medio adaptarlo a mi talla. 
Capítulo aparte era el económico. Hoy se hace difícil creer que los muchachos, la mayoría procedentes del campo, a lo largo del año intentábamos ir ahorrando algunas pesetillas. No pongo cantidad,  pero seguro que no superaba dos cifras. De esta forma nos podíamos  permitir algún que otro gastillo extra.
Por fin llegaba el día 17 y la alegría se respiraba en todos los ambiente sociales. Muchas familias de las que habitualmente vivían repartidas por los campos, se encontraban en el pueblo. Estaban colgadas las banderitas y bombillas. Las cunitas montadas. Los puestos de turrón formaban hilera a la largo de la calle Portugal hasta el Ensanche. Intercalada entre ellos se podía ver alguna casetilla de tiro, juego de la ruleta u otros similares. También solía aparecer por el pueblo algún circo. Los bares de la plaza con sus mesas dispuestas.  En el rincón el de Antonio; a su izquierda el de Andrés y Feliciana. Le seguía el que hoy se conoce como “El Emigrante” (no tengo claro en este momento si ya por aquellas fechas lo regentaba esta familia o la del malogrado Escruco). Más arriba encontrábamos a nuestro nunca olvidado Candelario y en la esquina de la torre, El Litri. No me olvido de los bares de Félix y Arturo. Parece que estoy viendo en estos momentos ocupando sus mesas aquellas reuniones de hombres. Algunos con aspecto solemne vistiendo sombrero negro; otros con boina nueva del mismo color recién estrenada. Alegres todos mientras charlaban amigablemente tras algunas copas de aguardiente. De estos grupos, quizá por su más abundante disposición dineraria, destacaban los formados por contrabandistas.
No puedo dejar de mencionar las casetas de baile. Instalada en el lugar más preferente de la plaza se encontraba la conocida como “la de los ricos”. En ésta solo entraban  ellos  y sus familias;  también alguna persona destacada del momento. Hoy se conocería como lugar de reunión de la “Jet set” de Encinasola. Se da por sabido que a los de clase social baja ni se le ocurría intentar entrar. El pueblo llano bailábamos en el paseo de arriba. Sentadas a lo largo del poyete de la parte izquierda, las muchachas esperaban a sus “príncipes”; algunas acompañadas de sus madres. ¡Cuántas ilusiones se quedarían atrapadas entre los hierros de su alargada baranda!...
 Durante los descansos salíamos en grupo. Debido al inmenso gentío, por el escaso espacio que quedaba entre mesas y puestos, era difícil pasar. Llegábamos hasta el Ensanche y vuelta atrás, repitiendo el circuito tantas veces como fuera necesario. También era frecuente sentarse en el bar del rincón. Nuestras niñas solían tomar una gaseosa (aquélla que su envase lo cerraba un bolindre de cristal que hacía de tapón y al que había que presionar para que saliese el líquido). Los muchachos ya hacíamos nuestros pinitos con los tintos peseteros. Cuando comenzaba de nuevo el baile con el pasodoble de rigor, no era fácil acercarse al quiosco donde, embelesados y con la boca abierta mirando hacia la orquesta, se agolpaba numeroso público masculino… Nosotros, al pasar, también echábamos una  miradita furtiva a los hermosos muslos de la animadora.
Escaso y sencillo todo,  pero… ¡qué ilusionante!                                                                                                                                                        Cada mañana en El Rodeo los corredores hacían sus tratos de compraventa de ganado. Tenía fama entre los de su gremio el muy conocido tío Cruz. Siempre lo recuerdo delgado de complexión, vestido con chaleco negro, sombrero y bastón. 
 El último día de festejo, en horas de la mañana y en la plaza se sorteaban los lotes de La Contienda. Por la noche, ya de madrugada, era inexcusable pasar por los puestos para comprar el trozo de turrón que, envuelto en papel de estraza, se llevaba para casa.
Debido a la cantidad de público forastero que acudía en esos días al pueblo, especialmente portugueses, también hacían “su agosto” las prostitutas de los burdeles de la Cobijá.
Tengo que decir por último, que con la decisión de quien corresponda sobre el traslado de nuestra feria al conocido Llano de San Juan habremos ganado espacio pero, desde mi modo de ver, pienso que hemos perdido identidad, sin poder evitar tampoco que se nos dispare la añoranza. Muchos, aunque apretujados, volveríamos sin dudar a la Plaza.
                                                     
                                                                                     J.M. Santos







5 comentarios:

  1. Querido amigo por unos momentos he vuelto a rememorar tiempos pasados,aun recuerdo cuando por primera vez escuche en las cunitas a Manolo Escobar,igual que Antonio Molina en el cine sentaito en el GALLINERO.

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  2. ¡Qué cantidad de recuerdos agolpados! Todos teníamos lo justito pero estábamos sobrados en buscar la alegría en tampoco tiempo. La feria tardaba demasiado en venir y se iba demasiado pronto.

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  3. Qué entraňable, he recordado perfectamente la feria de septiembre, la mia también en la plaza aunque creo que algunos aňos más tarde. Me ha encantado este relato y algunos otros. Gracias por recordar, un saludo.

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  4. COMENTARIOS DEJADOS EN facebook

    Miguel Jimenez Sola Muy buen relato. José María. Hasta parece que estoy yo en las fiestas de mi pueblo.


    Alejandro Garcia Velazquez Precioso, como siempre relato del lunes. El asunto de la feria es, en todo , un retrato de mi vida de niño en Coria del Rio. Hay que ser un artista para escribir así. Un sbrazo.


    Carmen Garcia Vazquez Me encanta como lo cuentas, parece como si lo estuviera viviendo,


    Florencio Diaz Sánchez Me recuerda cuando yo era pequeño. Gracias por tú relato lo plasmas también que . Me traslada a mí niñez, buenas noches.

    Antoñina Sabido Que tiempos, es como si estuvieramos en ella, felicidades Jose Maria por recordarnosla tambien.


    Laura Olías Álvarez ¡Precioso relato! Gracias a él y, aunque nunca estuve en Encinasola, ya conozco un poco más el pueblo que te vio crecer. Espero tener algún día la oportunidad de que me enseñes cada uno de los rincones de los que hablas.
    Me gusta · Responder · 21 de julio a las 23:51

    José M. Santos López Laura, cuando tu quieras



    Josefina Borrallo Preciosa la forma que tienes de relatarnos las vivencias de nuestro pueblo, fijate que yo, no recuerdo la ferÍa y la acabo de vivir! con tu magnífico relato. Por cierto, estarías guapísimo con tu trjaje de principe de Gales. Un beso, que te lo mereces!


    Rosa López Delgado Precioso el relato primo!!!! Es asi como recordamos la feria, con esa ilusión que ya no la hay


    Jesús F. Sanz Amena y fiel descripción haces en este relato de la entrañable "Feria de septiembre", épocas tan lejanas y diferentes que a los que las hemos vivido nos llenan de nobles recuerdos y añoranzas...


    Carlos M. Ojeda Como siempre, bonita narración de una época. Gracias amigo.
    Me gusta · Responder · 22 de julio a las 9:36


    Francisco Noguerol Me gusta tu relato, querido amigo. Haciendo un poco de memoria, creo haberte visto con ese famoso traje. Lo que más me gusta es que afrontas de lleno la realidad y la verdad de lo vivido.


    Maria Bermejo Uyyyy, guapísimo estarías tú con el traje . Lo cuentas todo maravillosamente . Si , todos volveríamos a la feria en la plaza .


    Catalina Mir A mi me conoces x mariano jose m santos lopez el 2 x la izq en la fila del centro


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  5. Gracias a todos por vuestros comentarios.

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